Las dos imágenes, Parque del Laberinto. Barcelona.
Inicio con esta entrada una serie donde iré poniendo algunos escritos
perdidos en el tiempo y que milagrosamente sobrevivieron y mantienen
vigencia a pesar de los años. Está era una Bogotá donde aún no llegaba
el sol y este, un día en que no tenía nada que escribir:
Textos de 1978 – 79.
Seguir arrojando letras inconexas sobre el papel. ¿Para qué?…..No importa.
Quizá para que se acabe la tinta del plumígrafo desechable o que
la mente escupa todo su devenir inútil o, que un día, la gloria te
arrolle y suplante tu presencia en el planeta, desechable también.
De todas maneras no importa lo que digas –importa lo que
sientas-. Escribir es como hablar, un crucigrama sin solución final.
Porque el papel blanco no subsiste y hay que embadurnarlo para que no
perturbe, para que no se nos cuele en las entrañas, en los sueños
dulces, en los amores imposibles y en las ilusiones absurdas. Así como
el alma el papel no debe permanecer blanco, hay que embadurnarlo.
Ensuciarse en la civilización blanca, destruir tu pureza racista, tu
santidad mentirosa, tu corazón, lleno de pecados albos.
Es prístino el negro por abandonado, el azul por abundante, el
rojo por sangre y el “verde que te quiero verde”. El blanco no merece
la exaltación de que ha sido efecto y es incapaz de afecto.
Sept 1978- (Una fría mañana en Bogotá)
Serie de escritos, con cierto desespero mal disimulado, recién
llegado a Bogotá, enorme en aquel entonces para un insignificante
provinciano.