Cuando bajé del tren que venía desde Barcelona esperaba que
oliese a vino, o a mosto al menos, pero no, olía a estación de tren.
Quizá en otros tiempos, menos asépticos que los de hoy, se percibiera
este grato olor en la atmósfera de Vilafranca; de todos modos a medida
que te vas aproximando el paisaje se llena de viñas a lado y lado de la
carrilera, y lo primero que ves al llegar, después de la estación, son
las añosas edificaciones de la factoría vitivinícola “Torres” (se hace
la boca agua) y en los bares del pueblo puedes certificar la calidad del
vino.
Está lo suficientemente lejos de Barcelona para no ser una
desolada ciudad-dormitorio y, sin ser muy espectacular, mantiene cierta
unidad arquitectónica, una magnífica catedral románica, ejemplos de
arquitectura modernista (la destilería de Mascaró mi brandy ibérico
predilecto), un falo de piedra muy curioso dedicado a Santa Magdalena y,
callejas y plazas que se entrecruzan luminosas y orladas de la colorida
arquitectura lugareña.
Llama la atención la gente, en las calles y plazas, en las
terrazas de los bares, en los parques, en los comercios, llenando la
ciudad de bullicio y movimiento. Tal vez en invierno no sea tan activa
pero ahora, en verano, la cosa es movida.